La música de los domingos
Vuelvo a escribirte. Quizá con suerte te alegre recibir esta carta en tu bandeja de entrada.
Vuelvo a escribirte como si me reencontrase contigo y te diera un largo y cálido abrazo. Retomo estas líneas que durante seis meses han quedado en blanco. ¿Y ahora por qué? Pues porque sí, como diría mi hijo pequeño. O, porque hoy, al tiempo que escribo estas líneas, se cumple el centenario del nacimiento de mi abuela.
Antes he estado callada, a veces escuchando, observando. Otras veces he ido a favor y otras tantas contra la marea, buscando un peñasco al que agarrarme. Creo que no tenía grandes observaciones para contarte, o quizá sí, y las he ido acumulando para compartirlas precisamente en este momento: cuando el curso está a punto de acabar, cuando apenas llegamos con la energía suficiente, y esa prórroga de claridad que nos regala junio al terminar sus días nos reconforta y nos agota a partes iguales. Puede que alguna vez te lo haya contado: siempre (pero siempre) me ha parecido uno de los mayores placeres dormir con luz ahí afuera.
Y aquí me tienes.
He tratado de evitar la nostalgia desde que comenzó el año. Quizá eso explica realmente mi ausencia. Tengo la sensación de que la mirada al pasado está tomando las riendas de nuestra vida. Arrancamos con el recuerdo de 2016 allá por enero; los vídeos de IA más vistos eran montajes de personajes de nuestra infancia - series de televisión, películas - confrontados con su imagen actual. A algunos les colocaban unas alitas para que todos entonáramos un suspiro al unísono. ¿Tanto tiempo hace ya desde que Robin Williams murió…? He visto cada uno de esos vídeos y te confieso que los que viajan al pasado de nuestras ciudades me siguen fascinando, pero sentí una rabia interna al ver que la maquinaria del pasado es quien ha tomado el control de nuestro presente.
Hace cien años, en junio de 1926, mis dos abuelos tenían dos años: la misma edad que ahora tiene mi hijo pequeño. Hace un siglo uno correteaba en un pueblo de Toledo, mientras que el otro lo hacía en una ciudad de Alicante. Los imagino a ambos con las piernecitas redondas y jugosas, las mismas que tiene también mi hijo ahora; sus primeras frases completas, sus porqués, sus dentaduras completas brillando al sol, sus sonrisas rebosantes de confianza. Dos familias distintas que mucho más tarde habrían de encontrarse. También mi abuela —justo hoy, el día que escribo esta carta— nacía hace también un siglo. Cuando una es pequeña cree que las manos arrugadas que la sostienen fueron siempre así. Sin embargo esas manos que cocinaban mi comida favorita y esa voz que más tarde me llamaría "chatita" veían la luz del mundo un día como hoy hace demasiado tiempo. Qué diferente habrían de ser sus infancias a la de mis hijos. Qué temores marcaban el sueño de sus madres, mis bisabuelas, y cuáles marcan hoy los nuestros. La comida o la supervivencia frente a las emociones y los manuales de maternidad que hoy rigen nuestra crianza. Nadie imaginaría que en apenas diez años el país iba a estallar por los aires, pero eso es otro tema…
Si hay algo que seguro no tendrían era esa nostalgia enfermiza. No te lo niego, me contagio también de ella a menudo. Estoy segura de que esas madres sabían mirar adelante sin miedo porque encontraban en su horizonte un estímulo suficiente para levantarse cada mañana. ¿Y nosotras? ¿Qué haces cuando el tuyo se tambalea? La idea de un futuro incierto donde todo lo que hoy conocemos puede desaparecer me cansa, me aburre, me aplasta. Y lo que es peor: veo el juego. Sin ser conspiranoica, (ni nada de eso), sospecho que forma parte de la maquinaria del miedo. Recibo vídeos de canciones de los 90 que hablaban con fe del futuro, y mira que hemos pasado por momentos donde el mundo se ha echado a temblar —desde los 70, los 80, las crisis económicas que se sucedieron en los 90 y, cómo olvidar, la de 2007. Pero siento que nos han soplado las fichas y el tablero se ha quedado como un solar. Miramos atrás buscando qué fuimos, y en ese retorno pueden colarse ideas oscuras sin que nos demos cuenta, como chicle en la suela.
¿Te has preguntado alguna vez por qué durante las guerras tratamos siempre de salvaguardar las obras de arte? Una vez, en la tertulia a la que acudo mensualmente y que me llena de alegría surgió esta pregunta. A lo largo de la historia hemos necesitado proteger las piezas de arte aún sabiendo que en breve sonará la alarma y habremos de bajar al sótano a protegernos. En nuestra mente - aunque no lo veamos claro - hay una línea del tiempo que concibe que, por muy mal que pinte el presente, llegará un día en que todo habrá pasado y necesitaremos volver a mirarnos en ese arte para saber quiénes éramos y de dónde veníamos.
Algo así siento que estamos viviendo ahora. Hay guerras, hay amenazas, hay rearme en los países, una duda latente sobre algo que no quiero ni pronunciar. El aire trae temores y cuesta no respirarlos, no hacerlos nuestros. Pero esos temores no deberían definir nuestro tiempo ni secuestrarlo. Buscamos refugio en el pasado reciente, ese donde mi generación sólo tenía que decidir qué helado o qué chuche iba a comprar porque los dibujos se acababan y no quedaba otra que salir a la calle.
Mi hijo pequeño en unas semanas cumplirá tres. Su mundo es ya distinto del que fue mío entonces. Quizá algún día, cuando quiera regresar a su infancia, le bastará escuchar, por ejemplo, la misma música que nos despierta los domingos.
Volverá entonces a este tiempo, a esta casa, a nosotros. Y será un lugar bello. Ojalá no se quede mucho. Ojalá solo venga a comprobar que todo fue cierto y regrese enseguida a su propio presente donde los miedos que delimitan el porvenir se hayan domesticado.
Desde el Sol de Ítaca.



